Mié. Jun 3rd, 2020

19S en CDMX; el estruendo de la tierra

*** Crónica de un guerrerense

Por Alfonso Salgado

CDMX, 19 de Septiembre, 2017. Tenía que estar ahí. No tenía cita, sólo buscaba orientación. El viaje no fue muy largo, pero siempre es cansado madrugar para estar a tiempo. Mi jefe me dio permiso de faltar a la oficina. No tenía la presión del tiempo.

El policía me dijo que no podía pasar alimentos. Se quedarían afuera del edificio en un murete que la gente usaba como banca.

Era 19 de septiembre y estaban programados los simulacros para conmemorar y practicar acciones que puedan salvar vidas. Mientras esperaba turno en aquel lugar, con mis papeles en mano, se hizo presente una mujer de unos 40 años enfundada en un chaleco de color intenso de protección civil.

Nos dijo que al momento del simulacro debíamos pegarnos a la pared segura y nos la señaló. Y llegó la hora. Sonó la alarma y el simulacro comenzó. Me puse de pie y me movía a donde me lo indicaron minutos antes.

Había dos o tres personas con caras apáticas que se quedaron en su cómoda silla. Recordé una compañera que un día me dijo: “Estos simulacros no sirven de nada. No debieran hacerse”.

Después, la persona que nos coordinó dio unas palabras de agradecimiento a los que participaron e invitó a los que no quisieron hacerlo, a darle la importancia justa. Llegó mi turno, entregué mis documentos en ese quinto piso de ese bonito edificio. Me atendieron, me fui a la planta baja y me senté en unas sillas junto al elevador.

El estruendo del suelo

Comencé a escribir en el WhatsApp. Era una discusión. Que si tú, que si yo… y así como así, un ruido muy raro pareció venir de lo profundo del suelo, afuera del edificio me hizo cortar la discusión. Y en esas fracciones de segundos que tu mente las aprovecha para generar varias hipótesis, el ruido se hizo estruendo cuando pareció subir a la estructura sobre mí, y a la par el movimiento de todo el suelo me hizo ponerme de pie y tomar mi mochila, caminar hacia la salida tratando de mantener la calma pues seguro era la etapa más fuerte de lo que parecía un fuerte sismo.

A la par mío, una persona en silla de ruedas avanzaba empujada por quien creo que era su familiar. Íbamos a buen paso y quizá el temblor estaba por terminar. Pero no terminó y en su lugar la sacudida más fuerte llegó y el suelo se movió hacia a la izquierda y hacia abajo y luego en sentido contrario, una y otra vez.

Las imágenes de edificios cayendo pasó por mi cabeza y el ruido de los grandes cristales que permiten a la planta baja estar tan iluminada, me hizo voltear hacia arriba y ver que la entrada era un muro de cristal y teníamos que pasar por ahí.

Escuché a alguien gritar: “¡no corran, conserven la calma!”, pero la intensidad del movimiento nos obligó a correr pues la salida estaba ahí, a diez metros. El lugar seguro era afuera y había que ponerse a salvo.

Pasé por el acceso principal con la esperanza de que ningún cristal cayera sobre nosotros y, gracias a Dios, pudimos salir a la avenida. En su momento no me di cuenta que el tráfico estaba totalmente detenido. La sacudida fuerte estaba terminando y siguió una etapa más lenta.

Todos nos quedamos quietos esperando el momento en que el movimiento se detuviera por completo. Viendo hacia el piso con las manos hacia abajo como buscando no caer.

-¡Sigue temblando! ¡sigue temblando!- decían. Y antes de que se detuviera por completo volví a tomar el celular y mandé mensajes de “estoy bien” en el grupo familiar y a las personas necesarias. Sabía que no habría red pero en el momento en que hubiera, estos se enviarían. Mi idea era avisar a mi gente en Guerrero que yo estaba bien y me dijeran si todo estaba bien también.

Confié en Dios y guardé el celular. Quizá no haya luz y necesitaré batería.

El caos

– Dicen que fue de nueve – Dijo aquella muchacha en uniforme de bachillerato mientras sus ojos y toda su expresión decían que el susto había sido muy fuerte.

Por mi parte, que estaba en un lugar, digamos, ajeno, no sabía si creer o no, lo que había escuchado. Pero una cosa era segura. Era el sismo que en violencia e intensidad dejaba a cualquier otro en segundo plano.

Revisé mi celular y seguía sin señal. El mensaje no salía todavía. Comencé a caminar hacia la oficina central de mi trabajo. Afortunadamente no estaba tan lejos de ahí.

A medida que caminaba por San Fernando me fui tranquilizando. Mi mochila pesaba pues llevaba equipos que, aprovechando el viaje, llevaría a mis jefes.

Sin dejar de caminar, una oficina a mi izquierda tenía los cristales hechos polvo en el piso. Los vehículos comenzaron a circular y yo opté por seguir caminando cuando entró una llamada:

–    Poncho. ¿Cómo estás?

–    ¡Bien! wey. Con el susto. ¿Cómo están allá?

–    Pues bien asustados, pero en México está bien ojete. ¿No has visto nada?

–    No. ¿Qué pasó?

–    No mames, se cayeron un chingo de edificios.

–    Pues aquí donde ando no hay mucho

–    Sale pues, ahorita les avi……

La señal se había ido de nuevo. Revisé mi mensajero y mis mensajes ya estaban enviados e incluso algunos ya tenían respuesta.

Afortunadamente todos estaban bien y ya sabían que yo lo estaba también. Además, quizá las imágenes que me habían dicho que estaban viendo eran “fake news”.

Me tocaba hacer, cierto o no todo lo que escuchaba, lo prudente, así que seguí caminando hasta llegar a Cuicuilco y de ahí a la oficina.

–  No puede entrar, joven. Desalojaron a todos hace rato – Me dijo el policía que estaba a cargo.

–  Muchas gracias, esperaré un momento aquí.

Me senté en las escaleras de la entrada donde estaba un joven de unos 25 años. De momento no lo noté, pero cuando estaba revisando de nuevo mi celular, me di cuenta que el muchacho estaba llorando.

Abrazaba su mochila y tomaba el celular para escribir. Ahora creo que estaba angustiado. En su momento pensé que era sólo un mal de amores y quise hablar con él, pero decidí no interrumpirlo y dejar que se desahogara.

– Estuvo bien fuerte el simulacro – decía un niño de preescolar al policía de la entrada –. Se movió muy fuerte el piso.

–  ¡Jajaja! – Rió el policía.

El niño iba guiado por un hombre mayor con traje. Lo abordé antes de que entrara a la oficina y me confirmó que los de mi área no estaban ahí.

La señal estaba de nuevo al cien y llamé a mi jefe esperando que me ofreciera un lugar donde descansar, al menos mientras las cosas se normalizaban.

– ¿Cuántos equipos traes? – Me preguntó.

– Sólo dos.

– Ah, entonces te los puedes llevar y llegando a Guerrero ¿me los envías?

– Claro – Le dije esperando una propuesta que, creo sería natural oír. La de ofrecer una silla y una mesa donde descansar, pero esa propuesta no llegó. No recuerdo que más me dijo pero seguro no era nada relevante.

– Ni modo. Ahora vámonos a Taxqueña – me dije mientras volteaba a ver el metrobús que seguía sin funcionar y que era, en mi conocimiento del medio, la mejor manera de llegar a la terminal.

Así que comencé a caminar de regreso de donde venía mientras pensaba para dónde ir. Pero el hambre, omnipresente en mí, se hizo notoria y me detuve en una juguería. Sin luz, sólo me podía ofrecer tortas y jugos de naranja.

Comí una torta, guardé la otra en mi apretada mochila y volví a caminar, pues sentía que debía moverme.

Para mi suerte, alguien me dijo que podía llegar al estadio azteca en el colectivo así que me subí, y cuando lo hice, comencé a escuchar al locutor de la radio confirmar lo que me habían dicho por teléfono: edificios caídos, gente atrapada en los escombros. Y pegado al cristal sin poder reflexionar, me di cuenta que una señora mayor necesitaba el asiento. Me levanté mientras el locutor decía que no cortarían la transmisión mientras la emergencia persistiera

-¡Hasta aquí llego! – Gritó el chofer.

Nos bajamos todos en un lugar que no conozco; pregunté y me dijeron que por aquella avenida llegaría a Taxqueña. Y así continuó mi caminata, uniéndome a la de otras personas.

De momentos alcanzaba a otras personas y otras me alcanzaban a mí. Y en la calle sólo se podían ver o patrullas con torretas encendidas o motocicletas cuyos dueños estaban dedicados a mover gente que le urgía llegar, por lo menos a donde el tráfico lo permitiera.

– Qué noble labor. Lo hacen sin cobrar. No todos los chilangos son como los taxistas que me han cobrado de más al darse cuenta que soy de provincia – pensé, cuando un motociclista llevó a una reportera hacia “el multifamiliar de Tlalpan”.

A mi izquierda apareció el estadio azteca.

– ¿Ya viste la fractura que tiene? – Escuchaba que se decían unos a otros.

Y así como comencé a ver el azteca, lo dejé atrás.  Y a lo lejos se miraba un puente peatonal; poco a poco llegué a él. Y al llegar vi que había otro más, y otro más, a la par que daba cuenta que me encontraba en una extraña escena de mucha gente caminando junto conmigo, sin vehículos en el arroyo. Era gente de todo tipo en el éxodo.

Un puente más llegó. Y un policía nos indicó que del lado que íbamos no podíamos avanzar, así que me crucé y recuerdo haber ayudado a alguien a cargar su bicicleta al subir la escalera.

Cruzamos y al parecer el puente repetitivo continuaría. Pero algo diferente estaba más adelante. Había gente con carteles a mano que pedían ayuda: “necesitamos agua, pilas, lámparas, comida y leche para los niños”.

Algo había adelante y no lo alcanzaba a ver. Caminé más y a mi derecha estaba una de las imágenes más tristes que mis ojos hayan percibido. Quizá por la pantalla de una televisión muchas veces los pixeles me ilustraron, pero lo que entró por mis ojos agudizados sólo por la mica para miopes, me shockeó.

Mis manos que venían sosteniéndose de las correas de la mochila perdieron fuerza al igual que mis piernas. Todo mi cuerpo pareció de repente pesar mucho más. El ánimo de seguir caminando se me fue del cuerpo y casi pude verme a mí mismo caer de rodillas y en esa acera sin saber qué pensar, cómo reaccionar, qué hacer.

Pero no caí. Era sólo la imagen de mi espíritu que por un momento salió de mí. Estaba del otro lado de la avenida, de frente al multifamilar de Tlalpan.

Una estructura colapsada de una manera tan vertical, que me era difícil pensar que hace unas horas había estado erguida.

Imaginar que bajo esas capas gruesas de cemento y acero estaban personas atrapadas o muertas, era lo que me había golpeado más. Pero no podía hacer mucho, no tenía donde quedarme y guardar lo que llevaba para ayudar. No sabía cómo ayudar. Era mucha gente alrededor, pero entre tantas manos e ímpetus, parecían excedidos.

Decidí seguir caminando. Recuerdo haber mandado un mensaje a mi familia. Incluso había propuestas de ir por mí a esa hora.

– No lo hagan, no vengan -, escribí.

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